
Ni las olas más fuertes del océano, chocando bravas y fieras contra las rocas, sangrando el silencio con sus bramidos, podrán romper los lazos que nos unen.
La vida es un constante devenir de dolor y gozo. Una sucesión de emociones, de estados de ánimo, de sentimientos enfrentados, cruzados. Es un continuo combate de valores morales que nos acercan o alejan de nuestra libertad, de nuestro significado como seres existentes, de nuestra labor para la posteridad, nuestro eco en la Humanidad.
Somos lo que queremos ser. Podemos ser lo que queremos ser. Tenemos el poder de desear, de amar, de luchar por mantener ese deseo, por reavivar ese amor. La moralidad sólo es el motor que mueve nuestra lucha por obtener la libertad suprema, la divinidad espiritual, la salvación eterna de quienes nos rodean. La felicidad.
Somos felices cuando lo son las personas a las que más queremos. Y somos más felices cuando esa felicidad la hemos provocado nosotros, con nuestros actos desinteresados, ajenos de codicia, egoísmo y poder. La sonrisa del de al lado es lo que activa una reacción en cadena que finaliza con nuestra propia sonrisa. Y no debemos pedir las gracias tras nuestra intervención en la felicidad del otro, pues somos nosotros los que debemos agradecer que se nos haya permitido actuar, hacer el bien, y perpetuar la felicidad en la Humanidad.
La inmortalidad se adquiere a través de la moralidad. Sólo siendo consecuentes a nuestros valores morales, libres pero siempre magnánimos, alcanzaremos la inmortalidad de nuestras almas, el reconocimiento de nuestra labor. La pureza de nuestro corazón y la sensación de bienestar.
Hasta alcanzamos la libertad suprema al logrársela a quienes apenas conocemos. Regalarle felicidad, incluso a tu peor enemigo, reporta más felicidad y satisfacción que golpearle con rabia, dolor y venganza. Ser capaz de regalar a una persona aquello que se niega a ofrecerte es alcanzar la paz más elevada que se puede obtener. Mirar a los ojos a quien te ha causado el dolor más agudo y punzante de tu vida y poderle sonreír, regalarle un pedacito de tu corazón, entregándole un poco de compasión, de amor y de bondad… es la mayor virtud del ser humano y la única actividad que te reportará la felicidad completa y la total liberación de tu alma.
